Senderos, agroturismo y estrellas: así es la Fuerteventura rural

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Aunque las playas paradisíacas de Fuerteventura merecen una visita obligatoria para cualquiera que recorra el archipiélago canario, lo cierto es que esta isla de más de 1.660 km² de extensión, cuenta además con espacios naturales sorprendentes, cielos limpios, así como con una rica cultura y gastronomía.

 

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Declarada en el año 2009 como Reserva Mundial de la Biosfera por la Unesco, Fuerteventura acoge en su interior hasta trece espacios protegidos y una fauna especial de aves esteparias, como la hubara canaria o el guirre, así como 22 especies de cetáceos y cuatro de tortugas marinas.

Tema aparte es su naturaleza árida, con una tierra que refleja la meteorología y que, con el paso de los años, ha dado lugar a llanuras, estepas e imponentes parques y monumentos naturales como el Islote de los Lobos o la Caldera de Gairía.

En el Parque Natural de Jandía, se funden las aguas turquesas con tierras y estructuras geológicas sorprendentes; mientras en el de Betancuria, barrancos y lomos acogen plantas rupícolas.

Otra maravilla son sus monumentos naturales como el de la Montaña de Tindaya, visible desde casi cualquier punto de la isla, el relieve escarpado de Montaña Cardón, o el poder de los volcanes en el paisaje protegido de Malpaís Grande.       

 

 

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Si lo que se prefiere es ser partícipe de la esencia, la cultura y la naturaleza de Fuerteventura, hay decenas de preciosas rutas de senderismo para gozar del paisaje, en concreto, 255 kilómetros de pistas preparadas y protegidas por la Red Insular de Senderos. También se puede contemplar la opción de alojarse en casas rurales que ofrecen un nutrido número de actividades, entre las que se cuentan desde ir a pescar o cuidar de burros autóctonos, gallinas y ocas, hasta recoger árboles frutales.

Fuerteventura posee además localizaciones excepcionales para los amantes de la ornitología como la Reserva Ornitológica de El Jarde, desde donde se podrán observar algunas de las especies más representativas de la isla como la hubara, el corredor, el alcaraván, o la ortega.

Otra fuente de riqueza majorera es su aceite de oliva. Aunque ya en el siglo XV se hacía mención a la importancia de este en Fuerteventura, no fue hasta el siglo XVI cuando se comenzaron a crear diversos molinos de aceite que, a día de hoy, siguen poblando los campos majoreros. 

En la actualidad la isla cuenta con 23 molinos declarados como Bien de Interés Cultural, y varias empresas ofrecen la oportunidad de observar el cultivo de olivos, sus cuidados, la recogida de la aceituna desde agosto hasta finales de octubre, y, por supuesto, de catar sus aceites.

 

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Cuando llega la noche es hora de que el viajero disfrute de uno de los cielos más limpios de España. El incalculable valor de los paraísos celestiales de Fuerteventura se mantiene cristalino gracias a tres factores: la escasa contaminación lumínica debida a la poca densidad de población para su gran extensión de terreno, una ubicación privilegiada y un clima subtropical regulado por el mar y los vientos alisios.

Sirio y Canopo asoman en los cielos majoreros, sobre todo los primeros meses del año, observables desde el principal punto de referencia astronómico de Fuerteventura: el observatorio de Tefía.

Otros como el de Sicasumbre merecen la pena por su cielo y por los paisajes que te llevan hasta él; mientras que, en el mirador de Morro Velosa, volcanes, montañas y algunas localidades se funden con un cielo donde asoman estrellas, galaxias y planetas.

 

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Pero si por algo es conocida la isla más antigua de Canarias, es por mantener la tradición de su cultura majorera, como demuestran iniciativas como el Ecomuseo de La Alcogida , en Tefía, donde el visitante puede recorrer siete casas rehabilitadas que permiten conocer la vida de campesinos y los artesanos en un museo vivo.

19 km al sur está Betancuria, rodeado de las montañas que antaño lo defendían y que contribuyen a que muchos lo cataloguen como el pueblo más bonito de la isla. El aspecto pintoresco de sus calles es el hogar de preciosas iglesias, un museo y miradores privilegiados.

Por último, para los amantes de la buena mesa, la isla ofrece platos como el sancocho, un cocido típico de Semana Santa que bien puede competir con cazuelas de pescado de gofio, mejillones y otros.

Las cabras majoreras son protagonistas de los platos de toda la vida, mientras que el gofio, sea tradicional o escaldado, es el legado de los aborígenes majoreros. Por no hablar de las papas arrugadas acompañadas de mojo en cualquier versión, sea verde o picón, después de probar el queso típico de la isla.